María Matuz de Sonora | Rebeldía en el Siglo XIX | Mujer Sonora
En la Sonora del siglo XIX, las mujeres existían legalmente como apéndices de sus maridos. No podían poseer propiedades a su nombre, no votaban, no podían testificar en juicio sin permiso masculino y su "destino natural" era la maternidad y el servicio doméstico. En ese contexto, la historia de María Matuz no es solo notable: es extraordinaria.
María Matuz nació en la región de Álamos, entonces la ciudad más próspera de Sonora, alrededor de 1830. Los registros son escasos — como ocurre con la mayoría de las mujeres de la época — pero los que existen pintan el retrato de una mujer que se negó a aceptar los límites que su tiempo le imponía.
Álamos: la cuna improbable
Para entender a María Matuz hay que entender Álamos. A mediados del siglo XIX, Álamos era la capital económica y cultural de Sonora. La riqueza minera de la plata había creado una pequeña élite que imitaba las costumbres europeas: construían casonas con patios andaluces, importaban pianos, enviaban a sus hijos a estudiar a la Ciudad de México o a Europa.
Pero esa riqueza convivía con una pobreza brutal. Los yaquis y mayos eran despojados de sus tierras, los mineros morían jóvenes por la silicosis, y las mujeres de todas las clases sociales vivían confinadas a roles domésticos que no admitían excepciones.
María Matuz creció en este ambiente de contrastes. No pertenecía a la élite minera. Su familia era de origen mestizo, probablemente vinculada a la agricultura y el comercio menor. Lo que la distinguió fue algo que la sociedad de su tiempo no sabía nombrar: una negativa visceral a ser invisible.
Lo que sabemos
Los registros históricos mencionan a María Matuz en el contexto de las disputas de tierras y los conflictos políticos que convulsionaron a Sonora durante la segunda mitad del siglo XIX. En una época en que las mujeres no participaban en la vida pública, Matuz aparece en documentos judiciales y correspondencia oficial como una voz que exigía derechos sobre tierras y recursos.
Hay evidencias de que María Matuz administró propiedades agrícolas — algo prácticamente inaudito para una mujer de su condición social en esa época. Los contratos de arrendamiento y las disputas legales que se conservan muestran a una mujer que negociaba directamente con hombres de poder, que conocía los mecanismos legales disponibles y que no se intimidaba ante la burocracia.
También hay indicios de su participación en redes de apoyo comunitario. En una sociedad sin programas sociales, sin hospitales públicos y sin escuelas para mujeres, las mujeres como María Matuz crearon sistemas informales de solidaridad: prestaban dinero, cuidaban enfermos, resolvían disputas familiares y mantenían unidas a comunidades que el conflicto político amenazaba con desintegrar.
El contexto político
La Sonora de María Matuz era un territorio en guerra permanente. Las guerras yaquis, los conflictos entre liberales y conservadores, la intervención francesa, las rebeliones locales — todo esto afectaba directamente la vida cotidiana de las comunidades rurales. Los hombres eran reclutados (o forzados) a combatir, y las mujeres quedaban a cargo de todo: la tierra, los hijos, el ganado, la defensa del hogar.
En este contexto, muchas mujeres sonorenses desarrollaron habilidades de gestión, negociación y supervivencia que la historia oficial nunca reconoció. María Matuz fue una de ellas, pero no fue la única. Su caso es documentable porque interactuó con instituciones que dejaron registro escrito. Miles de mujeres hicieron lo mismo sin dejar huella en los archivos.
La importancia de rescatar estas historias
¿Por qué importa una mujer de la que sabemos relativamente poco, que vivió hace casi 200 años en un pueblo del sur de Sonora?
Porque su existencia desmiente el mito de que las mujeres sonorenses "siempre fueron sumisas" hasta que llegó el feminismo moderno. Las mujeres del siglo XIX no tenían el lenguaje ni el marco legal para articular sus demandas como derechos, pero eso no significa que aceptaran pasivamente su situación.
María Matuz negociaba, litigaba, administraba y tomaba decisiones en un mundo que le decía que no tenía derecho a hacer nada de eso. No le llamaba feminismo. Le llamaba sobrevivir. Y esa tradición de mujeres que hacen lo que tienen que hacer, con o sin permiso, sigue viva en Sonora.
Álamos hoy: memoria y olvido
Álamos es hoy un Pueblo Mágico con menos de 25,000 habitantes. Sus casonas coloniales restauradas atraen turistas nacionales y extranjeros. Pero la historia de sus mujeres — de María Matuz y de las miles que como ella sostuvieron la vida cotidiana mientras los hombres hacían guerras y política — apenas se cuenta.
No hay una calle con su nombre. No hay una placa. No hay un museo dedicado a las mujeres de Álamos. La historia de María Matuz sobrevive en documentos de archivo que pocos consultan y en la tradición oral de familias que se acuerdan de sus abuelas como mujeres "que no se dejaban".
Recuperar estas historias es un acto de justicia. Pero también es un acto práctico: las mujeres sonorenses de hoy necesitan saber que no están inventando nada nuevo cuando exigen derechos, cuando administran negocios o cuando se niegan a aceptar lo inaceptable. Están continuando una tradición que tiene al menos dos siglos.